Furari, de Jiro Taniguchi

La última obra de Taniguchi editada por Ponent Mon es Furari, donde Tadataka Ino, un jubilado, se dispone a cartografiar Edo haciendo grandes caminatas mientras cuenta sus pasos. Mientras se esfuerza para que sus pasos sean lo más regulares posibles, no puede evitar distraerse ante la belleza de la vida y su mirada sensible y soñadora a menudo empatiza con los animales hasta tal punto que llega a ver el mundo a través de ellos.

Tadataka Ino, quién realmente existió, vivió entre los años 1745 y 1818 y fue el primer hombre en completar el mapa de Japón usando técnicas modernas tras 17 años de trabajo. Taniguchi trata de transmitirnos la pasión de un hombre sencillo y mundano, pero a la vez soñador y con un amplio interés humanista y científico. A la vez nos muestra la ciudad de Edo durante la época de Tokugawa y sus costumbres, tratando de reflejarnos su ambiente fijándose cuidadosamente en los pequeños detalles.

En Furari, que significa algo así como “vagar sin rumbo fijo”, se unen el amor a la naturaleza con la poesía y, al fin y al cabo, la vida y la capacidad de perseverancia. El cómic trata de la necesidad de fijarse un objetivo que de sentido a nuestras vidas. Como todas las obras de Taniguchi, la lectura debe ser pausada e introspectiva para poder captar la magia que destila.

 

 

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El gourmet solitario, de Jiro Taniguchi y Masayuki Kusumi

Quien se haya paseado entre las entradas de este blog habrá notado ya mi devoción por la obra de Jiro Taniguchi. En esta ocasión he leído El gourmet solitario, obra conjunta de Jiro Taniguchi y Masayuki Kusumi, publicado por Astiberri, un cómic de argumento un tanto extraño precisamente por su excesiva cotidianeidad. Y es que el protagonista, Goro Inokashira, es un hombre con un trabajo que le exige una gran movilidad por Tokio y sus alrededores. Taniguchi nos muestra a lo largo de 19 siempre el momento de la comida en el que el protagonista escoge en qué restaurante saciar su hambre.

A través de la mirada del viajero ambos autores trazan un retrato sociológico de Japón y de su riqueza gastronómica, consiguiendo sumergirnos en las costumbres japonesas. El protagonista encuentra momentos de esparcimiento en las horas de la comida, que suponen un momento de tranquilidad que interrumpe el estrés de la jornada laboral. Para el trabajador, la comida y lo que la precede constituyen uno de sus mayores placeres cotidianos.

Todo ello viene envuelto con esa atmósfera tan Taniguchi de nostalgia y evocación del pasado y por el gusto en la observación de los pequeños detalles y anécdotas cotidianas. El protagonista siempre encuentra lo que busca en pequeños locales familiares de barrio, que encuentra callejeando por donde su instinto lo guía. Poco a poco, a lo largo de los capítulos descubrimos alguno de los rasgos del protagonista, cuyo perfil se mantiene siempre semioculto y sumido entre una nostalgia profunda y un vitalismo contagioso. Esta sensación dual se refuerza con la incomodidad que siente el protagonista en los lugares donde va a comer, donde siempre sufre algún contratiempo (no pueden servirle el plato que quería, dos platos de los que ha pedido tienen el mismo ingrediente, no le dejan descansar tumbado, etc.) que no le permite disfrutar enteramente la experiencia a pesar de lo mucho que disfruta comiendo.

El mayor defecto de la obra es la estructura repetitiva de los capítulos en su presentación y desarrollo. Aún así, la historia no llega a cansar y nos tiene sumidos a la espera de que el protagonista encuentre un lugar donde se sienta realmente cómodo. Dentro del repertorio de obras de Taniguchi que he leído hasta ahora, ésta ha resultado ligeramente decepcionante, aunque no es un mal trabajo.

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Cielos radiantes, de Jiro Taniguchi

Hoy traigo de nuevo otro cómic de Jiro Taniguchi, y es que este mangaka ha conseguido robarme el corazón con sus obras sencillas pero intensas. Esta vez se trata de Cielos radiantes, publicada en España, cómo no, por Ponent Mon. El argumento del manga recuerda a Barrio Lejano: un suceso sobrenatural da la oportunidad a un hombre de reconciliarse con su pasado y su familia y le ayuda a darse cuenta de que la vida es demasiado corta como para no vivirla.

Kubota, un hombre de 40 y pico años, se duerme en el volante y choca con Takuya, un joven campeón de motocross. Ambos pasan dos días en coma, hasta que Kubota muere y Takuya despierta. Pero al despertar, lo hace con la consciencia de Kubota metida en su cuerpo, lo que le da una oportunidad para reconciliarse con su familia antes de que Takuya vuelva a tomar control de su cuerpo y Kubota termine por desaparecer definitivamente. El juego entre las dos mentes que ocupan el mismo cuerpo, tomando una intensidad, mientras la otra se desvanece, está plasmado a nivel técnica de una forma muy curiosa: dibuja a Kubota como un alma transparente que sigue a Takuya y habla a través de su boca, mientras que la voz de éste último aparece en off. Cuando Takuya va tomando el control empieza a hablar en voz alta, mientras que es la vos de Kubota la que sólo suena en su mente.

Mientras el adulto se arrepiente demasiado tarde de no haber estado lo suficiente con su familia (esta tarea pendiente es la que lo ata a la tierra como un alma en pena), el joven motorista madura y aprende la importancia de las relaciones con los demás y la necesidad de cuidarlas.

Taniguchi trata los temas de siempre: el desarraigo, las relaciones familiares, la melancolía y la belleza de la vida; en una exploración del ser humano siempre desde nuevos puntos de vista. Aún con los parecidos con Barrio Lejano, Taniguchi es lo bastante hábil como para no caer en el autoplagio y crear una obra nueva y apetecible con personajes muy humanos y experiencias vitales cargadas de nostalgia.

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El caminante, de Jiro Taniguchi

Me he propuesto ir leyendo poco a poco toda la obra de Jiro Taniguchi (alternándola con otras lecturas, por supuesto). En esta ocasión, le ha tocado el turno a El caminante, publicada, al igual que Barrio Lejano, por Ponent Mon, editorial que se ha vuelto sinónimo de calidad en el mundo del manga traducido al español.

Taniguchi en esta obra consigue transmitir sensaciones, emociones y experiencias, más que historias, mediante el visionado y la contemplación tranquila y relajada de las cosas que suceden a nuestro alrededor de forma cotidiana. La historia es sencilla hasta el extremo. Nos cuenta, en una serie de historias cortas, los paseos de un hombre que observa y disfruta su alrededor con una tranquilidad zen. Todo transcurre casi sin diálogos, dando prioridad a lo visual antes que al texto.

Mediante unas viñetas muy detallistas, Taniguchi nos obliga a detenernos y recrearnos en cada rincón para captar el sentido de la obra. Muchos han criticado la obra por ser una historia simple, casi sin personajes, donde no ocurre nada y que casi parece una mera recopilación de postales. Y es que estamos poco acostumbrados a obras de tal intimismo y simplicidad. Con esta obra lo único que podemos hacer es perder la vista entre las plantas y las casas para descubrir los detalles que a simple vista se nos podrían escapar. Es una invitación a despojarnos de toda la artificialidad para dejarnos invadir por los sonidos en forma de onomatopeyas y las imágenes que nos ofrece el barrio donde se acaba de trasladar el protagonista anónimo.

El personaje principal no revela su nombre en ningún momento ni nos muestra casi nada de sus rasgos interiores. No sabemos nada sobre él. Pero observándolo nos damos cuenta de que estamos ante un hombre tranquilo, pero con mucha energía y vitalidad. Es un personaje sencillo que sabe disfrutar de las cosas sencillas. De su mujer aún sabemos menos, sólo que nunca le acompaña en sus paseos y que ella es quien da pie a las breves conversaciones que aparecen en la obra.

Más que una historia aleccionadora, esta obra es un ejercicio de experimentación narrativa, un intento de hacer poesía con las imágenes y los sonidos. Es una declaración de amor a los pequeños detalles de la vida, al places de observar los pájaros, recoger una concha, arreglar un juguete o caminar bajo la lluvia. Es, en definitiva, una obra de ritmo pausado, para dejarse llevar.

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