Top Ten Libros que despertaron mis ganas de viajar

1. El barón rampante, de Italo Calvino

2. De Fukushima a Corfú. Una fábula japonesa, de Carmen Domingo

3. Una mansión en Praga, de Rocío Castrillo

4. El bolígrafo de gel verde, de Eloy Moreno

5. París era una fiesta, de Ernest Hemingway

6. El herbario de las hadas, de Benjamin Lacombe y Sebastien Perez

7. Relatos y recetas. Entre Lión y Barcelona, de VV.AA.

8. Amy y Roger, de Morgan Matson

9. El gourmet solitario, de Jiro Taniguchi y Masayuki Kusumi

10. Viernes, de Santiago Freire y Dani Padrón

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En la prisión, de Kazuichi Hanawa

En la prisiónA la hora de escoger qué es lo siguiente que voy a leer a veces busco información sobre novedades o recomendaciones en los blogs y los catálogos de las editoriales. Pero la mayoría de veces lo que me gusta hacer es pasearme por librerías observando títulos y portadas y leyendo contraportadas, para terminar llevándome algún libro de un autor que desconocía y que ha llegado a mí casi por azar. A veces sale bien y descubro auténticas perlas, pero otras veces el resultado puede ser decepcionante.

Así ha sido con En la prisión, de Kazuichi Hanawa, un libro que escogí en gran parte por ser editado por Ponent Mon, editorial que para mí es garantía de encontrar algo bueno, diferente e interesante. Kazuichi Hanawa fue arrestado en 1994 y condenado a tres años de cárcel por posesión ilegal de armas en su afán de coleccionismo. Cuando salió se dedicó a plasmar todos los detalles que recordaba de la vida diaria en prisión.

El cómic me resulta tremendamente aburrido. Y supongo que es lo que buscaba el autor (en inglés el cómic se llama, muy acertadamente, Doing time), ya que hace hincapié en la monotonía y la disciplina que rigen el día a día de los presos. Pero no me convence. No sólo es tedioso por este ambiente monótono, sino por cómo está explicada la historia. Si bien es normal que la vida de los presos gire en torno a la comida (el mejor momento del día) creo que hay otras formas de contarlo que llenando páginas y páginas de ejemplos de menús (en este sentido, me ha recordado un poco a El Gourmet Solitario, de Jiro Taniguchi y Masayuki Kusumi). La falta de acción y el exceso de descripciones hacen que leerlo se haga cuesta arriba.

Hay que reconocer, eso sí, que el libro sorprende, pues cuando uno se sumerge en un relato sobre la vida en la cárcel espera encontrarse con una lista de tópicos: los presos como víctimas de un sistema opresor que los maltrata, grandes discursos sobre la libertad, tentativas de evasión, hambre, brutalidad, conflictos, etc. El cómic es más bien una simple descripción de lo que vio en la cárcel. No es ni siquiera una historia con un inicio y un fin (cuando empieza el protagonista está ya en la cárcel y cuando termina sigue ahí) sino que más bien parece un lienzo estático o un manual donde se plasma lo que cualquiera que entre va a encontrar. La cárcel que Hanawa nos muestra tiene, no obstante, elementos duros, los cuales de basan sobre todo en ser una sociedad en la que la jerarquía, el protocolo y el orden japonés alcanza cotas realmente demenciales. Hay un respeto absoluto y una distancia entre los guardias y los presos, una educación siempre impoluta y una disciplina rígida y asfixiante. Todo está previsto. Hay normas de educación  que rigen cuándo y cómo dar las “gracias”, pedir “por favor” o dar reverencias. La puntualidad es exagerada: cada actividad está cronometrada y uno no puede excederse del tiempo permitido para cumplirla. Cada paso y cada movimiento de los presos están vigilados y programados casi como si se tratara de una formación militar.

En la prisión no es un relato de una estancia traumática. No hay violencia, dramas ni fugas. No es un panfleto de protesta, ni una lamentación, ni siquiera un relato de redención. Es simplemente un documento casi periodístico, aséptico. Con valor documental, sí, pero a mi parecer poco valor artístico o literario.

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El Gourmet Solitario, de Jiro Taniguchi y Masayuki Kusumi

Furari, de Jiro Taniguchi

La última obra de Taniguchi editada por Ponent Mon es Furari, donde Tadataka Ino, un jubilado, se dispone a cartografiar Edo haciendo grandes caminatas mientras cuenta sus pasos. Mientras se esfuerza para que sus pasos sean lo más regulares posibles, no puede evitar distraerse ante la belleza de la vida y su mirada sensible y soñadora a menudo empatiza con los animales hasta tal punto que llega a ver el mundo a través de ellos.

Tadataka Ino, quién realmente existió, vivió entre los años 1745 y 1818 y fue el primer hombre en completar el mapa de Japón usando técnicas modernas tras 17 años de trabajo. Taniguchi trata de transmitirnos la pasión de un hombre sencillo y mundano, pero a la vez soñador y con un amplio interés humanista y científico. A la vez nos muestra la ciudad de Edo durante la época de Tokugawa y sus costumbres, tratando de reflejarnos su ambiente fijándose cuidadosamente en los pequeños detalles.

En Furari, que significa algo así como “vagar sin rumbo fijo”, se unen el amor a la naturaleza con la poesía y, al fin y al cabo, la vida y la capacidad de perseverancia. El cómic trata de la necesidad de fijarse un objetivo que de sentido a nuestras vidas. Como todas las obras de Taniguchi, la lectura debe ser pausada e introspectiva para poder captar la magia que destila.

 

 

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El gourmet solitario, de Jiro Taniguchi y Masayuki Kusumi

Quien se haya paseado entre las entradas de este blog habrá notado ya mi devoción por la obra de Jiro Taniguchi. En esta ocasión he leído El gourmet solitario, obra conjunta de Jiro Taniguchi y Masayuki Kusumi, publicado por Astiberri, un cómic de argumento un tanto extraño precisamente por su excesiva cotidianeidad. Y es que el protagonista, Goro Inokashira, es un hombre con un trabajo que le exige una gran movilidad por Tokio y sus alrededores. Taniguchi nos muestra a lo largo de 19 siempre el momento de la comida en el que el protagonista escoge en qué restaurante saciar su hambre.

A través de la mirada del viajero ambos autores trazan un retrato sociológico de Japón y de su riqueza gastronómica, consiguiendo sumergirnos en las costumbres japonesas. El protagonista encuentra momentos de esparcimiento en las horas de la comida, que suponen un momento de tranquilidad que interrumpe el estrés de la jornada laboral. Para el trabajador, la comida y lo que la precede constituyen uno de sus mayores placeres cotidianos.

Todo ello viene envuelto con esa atmósfera tan Taniguchi de nostalgia y evocación del pasado y por el gusto en la observación de los pequeños detalles y anécdotas cotidianas. El protagonista siempre encuentra lo que busca en pequeños locales familiares de barrio, que encuentra callejeando por donde su instinto lo guía. Poco a poco, a lo largo de los capítulos descubrimos alguno de los rasgos del protagonista, cuyo perfil se mantiene siempre semioculto y sumido entre una nostalgia profunda y un vitalismo contagioso. Esta sensación dual se refuerza con la incomodidad que siente el protagonista en los lugares donde va a comer, donde siempre sufre algún contratiempo (no pueden servirle el plato que quería, dos platos de los que ha pedido tienen el mismo ingrediente, no le dejan descansar tumbado, etc.) que no le permite disfrutar enteramente la experiencia a pesar de lo mucho que disfruta comiendo.

El mayor defecto de la obra es la estructura repetitiva de los capítulos en su presentación y desarrollo. Aún así, la historia no llega a cansar y nos tiene sumidos a la espera de que el protagonista encuentre un lugar donde se sienta realmente cómodo. Dentro del repertorio de obras de Taniguchi que he leído hasta ahora, ésta ha resultado ligeramente decepcionante, aunque no es un mal trabajo.

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