Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio, de Steven Spielberg

La Aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio

Desde siempre he sido una gran lectora de cómics. De pequeña, cuando salía del colegio, solía ir a la biblioteca a hacer los deberes y pasar el rato hasta que salían mis padres de trabajar y me llevaban a casa. Allí fue donde descubrí a Els Barrufets, Mortadelo y Filemón, Rompetechos, El botones sacarino, Les aventures d’Espirú i Fantàstic, Superlópez, Astérix y Obélix, etc. Entre estas y muchas otras obras, una de mis favoritas siempre fue Las aventuras de Tintín, por lo que no es de extrañar que desde que oí por primera vez que Steven Spielberg y Peter Jackson iban a llevar al intrépido reportero y a su perro Milú al cine estuve esperando impaciente el resultado.

El personaje de Tintín se alza como un Quijote, ingenuo, pero lleno de buena voluntad y deseoso tanto de aventuras como de proteger a los débiles. Pero, a diferencia del Quijote, no se distrae de la realidad creando situaciones cómicas. Esto último lo deja más a sus compañeros de aventuras: el borracho Haddock, el despistado y sordo Tornasol, los ingenuos y poco avispados inspectores Hernández y Fernández, etc. son los que pierden el contacto con el mundo real provocando infinitud de situaciones graciosas. Estos personajes, no obstante, en el momento justo se arman de coraje y son salvados por su honradez.

En Las aventuras de Tintín: El secreto del Unicornio, Tintín y Milú descubren un gran secreto que se oculta en una maqueta de un barco, que lo pone en el punto de mira de Ivan Ivanovitch Sakharine, el supervillano malvado malvadísimo de turno. Para desvelar el misterio, Tintín se embarca en uno de sus viajes por el mundo. Cada giro inesperado del viaje arrastra a Tintín, Milú, el capitán y los inspectores a nuevos peligros y emocionantes escenas.

El reencuentro con Tintín, Milú, los inspectores Hernández y Fernández y la cantante de ópera Bianca Castafiore ha estado a la altura de las expectativas. No es así con el caso del capitán Haddock. No sé si es porque cuando lo leí era aún muy pequeña y todo me parecía más fuerte, pero tengo la sensación de que el rudo lobo de mar ha suavizado notablemente su carácter, reduciendo su considerable repertorio de insultos extravagantes. En la película me ha parecido más un borracho bonachón y tontaina. No sólo los divertidos insultos del capitán hemos echado de menos, sino también al despistado profesor Tornasol, aunque damos por hecho que aparecerá en siguientes entregas.

La película respeta el espíritu de una época entrañable en la que siempre ganaban los buenos. Técnicamente asombrosa, visualmente espectacular y con escenas de acción realmente muy logradas.

Super 8, de J. J. Abrams y Steven Spielberg

Super 8

En una lista de los nombres clave para entender el blockbuster hollywoodiense, sin duda, Steven Spielberg ocuparía un lugar de honor. Él, que con Tiburón demostró que lo comercial no tiene por qué estar reñido con la calidad, nos ha hecho soñar con grandes films como GremlinsLos Goonies o Regreso al futuro. Ahora, dos décadas más tarde, nos ha traído, junto con el guionista y director J. J. Abrams, un nuevo film cargado de nostalgia por aquella época en que el cine comercial combinaba originalidad y éxito.
En Super 8, esta añoranza se manifiesta en la recuperación de temas como el de los padres e hijos con relaciones complicadas, las familias desestructuradas, las comunidades idílicas amenazadas por un gran desastre y el grupo de niños aventurero. Y un extraterrestre que quiere volver a casa.

¿Os suena?

Parece que para su última película, Spielberg ha optado por desempolvar el viejo guión de E.T. para que J. J. Abrams lo maquille a su estilo. El resultado de mezclar estas dos potentes figuras de la ficción americana es un film protagonizado por un grupo de niños ochenteros y un monstruo espantoso que, como el humo de Perdidos, secuestra a los personajes sin que la cámara lo alcance y que intenta crear un campo magnético, como (¡oh sorpresa!) el de la isla de Perdidos, capaz de atraer objetos de gran tamaño y distancia.

El argumento se desarrolla alrededor de un grupo de niños que rueda una película amateur de zombis, cuando descubre un cargamento secreto protegido por el ejército. En ese momento empieza un seguido de desapariciones humanas y materiales en la ciudad y Joe Lamb (Joel Courtney) y sus amigos emprenden una aventura para descubrir la verdad que se esconde tras éstas. El monstruo amenaza con destruir a la ciudad y a sus habitantes.

A pesar de la fiereza que muestra, el E.T. antropófago tiene su corazoncito, que a ojos del espectador se traduce en unos enternecedores ojitos brillantes que poco tienen que envidiar a los de WALL.E o a los del gatito de Shreck. El desenlace parece una mala versión de E.T. La secuencia heroica final protagonizada por Joe resulta poco creíble, especialmente si no tiene ningún vinculo anterior que lo una al monstruo.

La nostalgia lleva a Spielberg a reconstruir ambientes,  lugares, situaciones y personajes propios de su cine de los 80. Pero es difícil copiar una fórmula que era fruto de un momento y que iba dirigida a otro tipo de espectador, más inocente e impresionable que el de hoy en día.

A su favor hay que decir que los niños actúan de forma natural, sin hacerse repelentes. No obstante, el resultado final es una película entretenida, pero previsible y poco emocionante.