La broma asesina, de Alan Moore y Brian Bolland

The killing jokeAlan Moore es uno de los grandes y, sin embargo, nunca había leído nada suyo. En general, no he leído demasiado cómic americano y creo que va siendo hora de ponerse al día. Dado el renombre de Alan Moore y que el tándem Batman-Joker me parece muy interesante, he escogido La broma asesina para hacer este primer acercamiento. El dibujo de Brian Bolland le da, además, una gran calidad estética a la obra. Además, a pesar de estar publicada por primera vez en 1988, la obra ha sido reeditada en múltiples ocasiones, lo cual debe significar algo…

El cómic lo he leído en inglés, básicamente porque la edición me parecía más bonita (sólo hace falta comparar la imagen de este post con la de este enlace), pero para los que lo prefiráis en español, que sepáis que lo edita ECC ediciones. La lástima es que, en castellano, se pierde el juego de palabras del título, ya que The killing joke, aparte de ser “la broma asesina”, es también “la broma para morirse de risa”. Quizás habría sido más fiel alguna otra traducción como “la broma para morirse”, pero pierde intensidad.

La historia se centra en el Joker y en la relación que éste ha desarrollado con Batman a lo largo de los años. Batman se acerca al manicomio de Arkham para proponerle una tregua, pero descubre que se ha fugado. A partir de ahí se desarrollan dos historias paralelas en las que vemos, por un lado, flashbacks en los que se nos muestra el origen del Joker y, por otro lado, el desarrollo de su plan actual que lo lleva a confrontarse una vez más con el hombre murciélago.

El Joker es un personaje interesante: no quiere ser dueño del mundo, ni enriquecerse, ni vengarse,… actúa por simple locura, sin ningún razonamiento aparente. No es un villano normal. Sin embargo, Batman y el Joker tienen en común un pasado truncado con un trauma, que les lleva a renacer con su nueva personalidad. Ambos enloquecen y la única diferencia es que Batman decide perseguir el crimen, mientras que el Joker toma conciencia de que el mundo se mueve por una irracionalidad sin sentido y convierte esta irracionalidad en un patrón. Mientras que Batman tiene un carácter melancólico y taciturno y viste de negro, el Joker viste de colores y tiene siempre una sonrisa.

El Joker, en esta historia, trata de demostrar que cualquiera puede perder la razón y cometer un crimen bajo la presión adecuada. Pero falla. A pesar de tener una ventaja abrumadora, no lo consigue y eso es porque cada personaje se limita a cumplir con el papel que se le supone. Un villano no puede ganar. Un comisario como Gordon no puede enloquecer hasta matar a alguien: debe mantenerse cuerdo y respetar las leyes que estructuran la sociedad. Batman no puede matar al Joker y, sobre todo, el Joker no puede matar a Batman, porque es el héroe. Aunque le esté apuntando con una pistola, porque esta pistola será de juguete. Y si no lo fuera, no acertaría al disparar. Del mismo modo, ambos de odian y no saben por qué, simplemente deben hacerlo.

Al final, el Joker termina contando un chiste, que empieza igual que el cómic: “había una vez dos tipos en un manicomio…”. Los personajes están atrapados en ciertas reglas de los cómics de los superhéroes y necesitan escapar. El problema es que su propia naturaleza no les deja huir. El cómic termina con la misma viñeta con la que empieza: unas gotas de lluvia caen sobre un charco. Nada ha cambiado: los personajes seguirán igual, pase el tiempo que pase.

Ésta es una historia en la que da igual quienes sean los personajes. Eso no es lo importante. Son Batman y Joker, pero podría funcionar con cualquier héroe y su respectivo villano. Y eso es porque Alan Moore no nos quiere hablar sobre una historia en concreto, sino sobre las figuras del bueno y el malo en el cómic americano. El logro de Alan Moore consiste en darles una mayor profundidad a los personajes del cómic, a la vez que reflexiona sobre el cómic mismo. Hay que destacar la calidad de las ilustraciones, hechas con mucho detalle pero con sobriedad, con mucha fuerza visual. Por algo está considerado uno de los mejores cómics de Batman.

Chronicle, de Josh Trank

Durante la última década, Marvel y DC han vuelto a poner de moda los superhéroes inundando las salas de cine con los protagonistas de sus cómics (Spiderman, Hulk, X-Men,…). El cómic es una fuente de recursos importante para este género, pero no es imprescindible para conseguir crear un héroe, como ya demostraron en su momento películas como Hancock, Los Increíbles o The Meteor Man. También hemos visto en películas como Jumper o Push y series como Héroes que no es absolutamente necesario embutirse en unas mallas para tener superpoderes.

Chronicle supone una nueva vuelta de tuerca en el género, pues a Josh Trank (dirección y guión) y Max Landis (guión) se les ha ocurrido mezclar el cine de superhéroes con el mockumentary o “falso documental” y el found footage o “material encontrado”. Las imágenes que conforman la película proceden sobre todo de la cámara de Andrew, que ha decidido documentar su día a día, pero también de la de Casey (Ashley Hinshaw), que graba vídeos para su blog, las cámaras de seguridad de distintos establecimientos y las cámaras de los móviles de los ciudadanos. La cámara queda así incluida en la acción, dando más realismo al hecho de que podamos ver lo ocurrido en una pantalla.

El film es protagonizado por tres adolescentes que encarnan los estereotipos más típicos de las películas americanas: Steve (Michael B. Jordan), el popular; Matt (Alex Russell), reconvertido en filósofo, trata de huir de la superficialidad de haber sido popular anteriormente; y Andrew (Dane DeHaan), el chico tímido y solitario, con problemas familiares, que enternece a los espectadores des del primer momento. Aún así, los personajes no pierden credibilidad. Los tres chicos se adentran en un agujero en el suelo del bosque y así, sin más explicaciones, adquieren superpoderes. Unidos por el accidente y sus nuevas habilidades telekinésicas, los chicos empiezan una amistad que les permitirá descubrir juntos sus nuevas habilidades. La cosa se complica cuando se van haciendo cada vez más fuertes y las bromas se convierten en bromas pesadas y, finalmente, en destrucción. Es entonces cuando aparece la necesidad de crear unas normas. El origen de los poderes cede la importancia a el cómo los emplean los personajes.

“He estado leyendo mucho, ¿sabes? Acerca de la evolución y la selección natural y como son estas cosas, ¿vale? Se llama depredador Apex, ¿vale? Y, basicamente este es el animal más poderoso del ecosistema, ¿vale? Y, los seres humanos estamos considerados el depredador Apex, pero por el único motivo de que los animales más pequeños no pueden alimentarse de nosotros a causa de las armas y eso, ¿vale? Un león no se siente culpable cuando mata a una gacela, ¿vale? No te sientes culpable cuando aplastas una mosca… y creo que eso significa algo. Creo que realmente significa algo” 

La película es una reflexión sobre, por un lado, la necesidad de crear un pacto social que nos permita vivir lo más seguros posible como sociedad y, por otro lado, sobre si el fuerte debe (y puede) aceptar estas normas y no actuar como tal, ejerciendo su poder sobre los demás. El protagonista se define a sí mismo como depredador ápex, una especie de superhombre sin remordimientos por los débiles. Muy nietzscheano. El tema principal de la película es, pues, el poder: el uso que se puede hacer de él, como el ego consume al hombre y a su sentido común. Y es que, como decía el tío Ben, “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”.

Chronicle no es una obra maniequista que hable del héroe como defensor del bien enfrentado a un villano defensor del mal hasta el absurdo, ni debe todas sus virtudes a los efectos especiales; ambos vicios típicos de las películas de héroes. La película escruta la naturaleza humana, tocando temas como la marginación social, la adolescencia, el orgullo, la pérdida, el rencor, la venganza, etc.  Chronicle es filosofía disfrazada de ciencia-ficción. Una propuesta quizá no maravillosa, pero sí interesante.